Esto cuenta Mesonero Romanos en sus memorias sobre la llegada de Fernando VII a España tras la expulsión de los franceses. ¡Qué poco hemos cambiado y de cuán lejos vienen nuestros males!

Dos días después (el 4 de Mayo) el ingrato Fernando firmaba en Valencia el funesto decreto por el que abolía la Constitución, las Cortes y todos sus actos, pretendiendo hacer retroceder la historia hasta 1808 y borrar de la serie de los tiempos los seis gloriosos años de la guerra de la Independencia española. -Ingratitud y torpeza política que no tienen semejante en la historia moderna, y que fueron, a no dudarlo, las generadoras de tantos levantamientos insensatos, de tantas reacciones horribles como ensangrentaron las páginas de aquel reinado; y lo que es más sensible aún, que infiltrando en la sangre de una y otra generación sucesivas un espíritu levantisco de discordia, de intolerancia y encono, nos ha ofrecido desde entonces por resultado tres guerras civiles, media docena de Constituciones y un sinnúmero de pronunciamientos y de trastornos, que nos hacen aparecer ante los ojos de Europa como un pueblo ingobernable, como una raza turbulenta, condenada a perpetua lucha e insensata y febril agitación.

Romanos, Ramón de Mesonero . Memorias de un Setentón, natural y vecino de Madrid (Spanish Edition) (Posición en Kindle3780-3787). . Edición de Kindle.

Cartas marruecas: LI

De Gazel a Ben-Beley

Una de las palabras cuya explicación ocupa más lugar en el diccionario de mi amigo Nuño es la voz política, y su adjetivo derivado político. Quiero copiarte todo el párrafo; dice así:

«Política viene de la voz griega que significa ciudad, de donde se infiere que su verdadero sentido es la ciencia de gobernar los pueblos, y que los políticos son aquellos que están en semejantes encargos o, por lo menos, en carrera de llegar a estar en ellos. En este supuesto, aquí acabaría este artículo, pues venero su carácter; pero han usurpado este nombre estos sujetos que se hallan muy lejos de verse en tal situación ni merecer tal respeto. Y de la corrupción de esta palabra mal apropiada a estas gentes nace la precisión de extenderme más.

»Políticos de esta segunda especie son unos hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan. Las tres potencias del alma racional y los cinco sentidos del cuerpo humano se reducen a una desmesurada ambición en semejantes hombres. Ni quieren, ni entienden, ni se acuerdan de cosa que no vaya dirigida a este fin. La naturaleza pierde toda su hermosura en el ánimo de ellos. Un jardín no es fragrante, ni una fruta es deliciosa, ni un campo es ameno, ni un bosque frondoso, ni las diversiones tienen atractivo, ni la comida les satisface, ni la conversación les ofrece gusto, ni la salud les produce alegría, ni la amistad les da consuelo, ni el amor les presenta delicia, ni la juventud les fortalece. Nada importan las cosas del mundo en el día, la hora, el minuto, que no adelantan un paso en la carrera de la fortuna. Los demás hombres pasan por varias alteraciones de gustos y penas; pero éstos no conocen más que un gusto, y es el de adelantarse, y así tienen, no por pena, sino por tormentos inaguantables, todas las varias contingencias e infinitas casualidades de la vida humana. Para ellos, todo inferior es un esclavo, todo igual un enemigo, todo superior un tirano. La risa y el llanto en estos hombres son como las aguas del río que han pasado por parajes pantanosos: vienen tan turbias, que no es posible distinguir su verdadero sabor y color. El continuo artificio, que ya se hace segunda naturaleza en ellos, los hace insufribles aun a sí mismos. Se piden cuenta del poco tiempo que han dejado de aprovechar en seguir por entre precipicios el fantasma de la ambición que les guía. En su concepto, el día es corto para sus ideas, y demasiado largo para las de los otros. Desprecian al hombre sencillo, aborrecen al discreto, parecen oráculos al público, pero son tan ineptos que un criado inferior sabe todas sus flaquezas, ridiculeces, vicios y tal vez delitos, según el muy verdadero proverbio francés, que ninguno es héroe con su ayuda de cámara. De aquí nace revelarse tantos secretos, descubrirse tantas maquinaciones y, en sustancia, mostrarse los hombres ser defectuosos, por más que quieran parecer semidioses».

En medio de lo odioso que es y debe ser a lo común de los hombres el que está agitado de semejante delirio, y que a manera del frenético debiera estar encadenado porque no haga daño a cuantos hombres, mujeres y niños encuentre por las calles, suele ser divertido su manejo para el que lo ve de lejos. Aquella diversidad de astucias, ardides y artificios es un gracioso espectáculo para quien no la teme. Pero para lo que no basta la paciencia humana es para mirar todas estas máquinas manejadas por un ignorante ciego, que se figura a sí mismo tan incomprensible como los demás le conocen necio. Creen muchos de éstos que la mala intención puede suplir al talento, a la viveza, y al demás conjunto que se ven en muchos libros, pero en pocas personas.

Allá por Talavera, a principios de abril,
llegadas son las cartas de Arzobispo don Gil,
en las cuales venía un mandato no vil
que, si a alguno agradó, pesó a más de dos mil.

Este pobre Arcipreste, que traía el mandado,
más lo hacía a disgusto, creo yo, que de grado.
Mandó juntar Cabildo; de prisa fue juntado,
¡pensaron que traía otro mejor recado!

Comenzó el Arcipreste a hablar y dijo así:
-«Si a vosotros apena, también me pesa a mí.
¡Pobre viejo mezquino! ¡En qué envejecí,
en ver lo que estoy viendo y en mirar lo que vi!»

Llorando de sus ojos comenzó esta razón:
Dijo: -«¡El Papa nos manda esta Constitución,
oS lo he de decir, sea mi gusto o no,
aunque por ello sufra de rabia el corazón.»

Las cartas recibidas eran de esta manera;
Que el cura o el casado, en toda Talavera,
no mantenga manceba, casada ni soltera:
el que la mantuviese, excomulgado era.

Con aquestas razones que el mandato decía
quedó muy quebrantada toda la clerecía;
algunos de los legos tomaron acedía.
Para tomar acuerdos juntáronse otro día.

Estando reunidos todos en la capilla,
levantóse el Deán a exponer su rencilla.
Dijo: -«Amigos, yo quiero que todos en cuadrilla
nos quejemos del Papa ante el Rey de Castilla.

»Aunque clérigos, somos vasallos naturales,
le servimos muy bien, fuimos siempre leales
demás lo sabe el Rey: todos somos carnales.
Se compadecerá de aquestos nuestros males.

»¿Dejar yo a Venturosa, la que conquisté antaño?
Dejándola yo a ella recibiera gran daño;
regalé de anticipo doce varas de paño
y aún, ¡por la mi corona!, anoche fue al baño.

»Antes renunciaría a toda mi prebenda
y a la mi dignidad y a toda la mi renta,
que consentir que sufra Venturosa esa afrenta.
Creo que muchos otros seguirán esta senda.»

Juró por los Apóstoles y por cuanto más vale,
con gran ahincamiento, así como Dios sabe,
con los ojos llorosos y con dolor muy grande:
-«Novis enim dimittere -exclamó – quoniam suave!-»

Habló en pos del Deán, de prisa, el Tesorero;
era, en aquella junta, cofrade justiciero.
Dijo: -«Amigos, si el caso llega a ser verdadero,
si vos esperáis mal, yo lo peor espero.

»Si de vuestro disgusto a mí mucho me pesa,
¡también me pesa el propio, a más del de Teresa!
Dejaré a Talavera, me marcharé a Oropesa,
antes que separarla de mí y de mi mesa.

»Pues nunca tan leal fue Blanca Flor a Flores,
ni vale más Tristán, con todos sus amores;
ella conoce el modo de calmar los ardores,
si de mí la separo, volverán los dolores.

»Como suele decirse: el perro, en trance angosto,
por el miedo a la muerte, al amo muerde el rostro;
isi cojo al Arzobispo en algún paso angosto,
tal vuelta le daría que no llegara a agosto!»

Habló después de aqueste, Chantre Sancho Muñoz.
Dijo: -«Aqueste Arzobispo, ¿qué tendrá contra nos?
Él quiere reprochamos lo que perdonó Dios;
por ello, en este escrito apelo, ¡avivad vos!

»Pues si yo tengo o tuve en casa una sirvienta,
no tiene el Arzobispo que verlo como afrenta;
que no es comadre mía ni tampoco parienta,
huérfana la crié; no hay nada en que yo mienta.

»Mantener a una huérfana es obra de piedad,
lo mismo que a viudas, ¡esto es mucha verdad!
Si el Arzobispo dice que es cosa de maldad,
¡abandonad las buenas y a las malas buscad!

»Don Gonzalo, Canónigo, según vengo observando,
de esas buenas alhajas ya se viene prendando;
las vecinas del barrio murmuran, comentando
que acoge a una de noche, contra lo que les mando.»

Pero no prolonguemos ya tanto las razones;
apelaron los clérigos, también los clerizones;
enviaron de prisa buenas apelaciones
y después acudieron a más procuraciones.

Acostumbraba yo a principios de los años noventa a frecuentar las calles del sevillano barrio de Los Remedios bien entrada la madrugada. Entre cubata y cubata, y entre canuto y canuto, mis colegas y yo desgranábamos una juventud que se nos escapaba entre los dedos en forma de empleos, novias y servicios militares. La madurez estaba a la vuelta de la esquina, a lo mejor por eso apurábamos los que serían nuestros últimos grandes desfases con la ansiedad del que sabe que el chollo de ser joven se le está acabando. El signo más preocupante de nuestra decadencia estaba precisamente en nuestros bolsillos: mientras más dinero teníamos, más esclavos éramos de nuestras nuevas obligaciones. Ningún gin tonic, por muy cargado que nos lo sirvieran, conseguía hacernos olvidar que el final de la travesía estaba a la vuelta de la esquina.

Pero no; el que estaba a la vuelta de la esquina aquella madrugada, pasadas ya las cuatro de la mañana, era Silvio. Sentado en un poyete y con una tajá como un mulo le daba los últimos sorbos a un bebedizo en vaso de tubo que sostenía en una mano, al tiempo que quemaba la última calada de un cigarrillo en la otra. A aquellas horas sólo quedábamos en la calle nosotros, el bueno de Silvio y los operarios de la limpieza que se afanaban en regar la calle para quitar la mierda provocada por la movida de esa noche.

–Iyo, ¿tiene un sigarrito?– Me suelta el tío cuando paso por su lado.

No me había dado cuenta de quién era hasta que lo miré de cerca. Silvio sabía mejor que nadie cómo disfrazarse de borracho callejero para que nadie le reconociera; sin embargo, allí estaba yo, delante de la leyenda viva -bueno, en realidad medio muerta- del rock andaluz que me pedía un cigarrito como el más humilde de los mortales. Tenía fresca entonces en la memoria -y aún la tengo- la ocasión en que fuimos a ver a Silvio a un concierto en la Puebla de los Infantes (que está un rato lejos), para encontrarnos allí con que Silvio venía borracho hasta el punto de que le resultaba imposible cantar. El problema fue que en las dos horas que tardó en recuperar un poco la compostura los que estabamos borrachos éramos nosotros. No se puede decir que aquel concierto fuera un desastre, a pesar de que el batería tuvo que cantar parte de las canciones por una ligera indisposición de Silvio. Simplemente era lo que cabía esperarse de él. Silvio era a la música lo que Curro Romero a los toros: si coincidías en uno de sus días buenos podías tocar el cielo, y si no, pues ya sabías de antemano a lo que te exponías. En lugar de ponernos a abuchear por el retraso del artista nosotros decidimos esperarle apalancados en la barra del bar, con los resultados que eran de prever… Ahora ese mismo Silvio estaba delante de mí, con los ojos entrecerrados y aquél vaso de tubo en la mano que seguramente una vez tuvo unos hielos dentro, pero que ahora contenía una mezcla indefinida de alcohol y agua.

–Ahro Sirvio, toma…– Le contesté mientras le extendía el paquete de tabaco.

Silvio cogió el cigarrito y balbuceó lo que podrían haber sido unas gracias o una crítica por la marca del tabaco; unas palabras incomprensibles para nadie que no compartiera el estado de embriaguez de ese genio urbano que era Silvio. Cuando me di la vuelta y seguí mi camino no sabía que era la última vez que le veía. Poco después de aquello se terminaron para mí los días de salir de cachondeo por Sevilla, y me fui a Cataluña a ganarme las habichuelas. Silvio se murió años más tarde de la misma enfermedad que le había permitido ser quien fue.

Creo que la importancia de una persona puede medirse por la gente que asiste a su entierro. Seguramente cuando yo me muera vendrá a despedirme mi familia, lo cual significará que fui importante para ellos -cosa con la que me conformo-. Al entierro de Silvio fueron un buen número de amigos, pero también la flor y nata del rock y el pop de toda España, desde Kiko Veneno hasta Raimundo Amador o Luz Casal. Todos ellos acudían a rendir tributo al maestro sevillano del Rock. Cuando se murió Silvio murió también el padre de los rockeros andaluces. Cuando empecé a fraguar esta entrada, debía hablar sobre el rock andaluz, pero después de acordarme de esta anécdota creo que ya hablaremos otro día los que mamaron el arte que destilaba este monstruo que fue Silvio Fernández Melgarejo.

Billy yacía en la UCI, intubado, desahuciado por los médicos, que nada más podían hacer por salvar su vida. Al poco de ingresar, ya todos sabían quién era Billy, a lo que se había dedicado, lo que había hecho, pero no importaba: ellos eran profesionales, y la vida del paciente era lo primero.

Sin embargo, nadie pudo impedir que, en su último estertor, sin familia, sin conocidos, sin nadie de quien despedirse, alguien, una persona anónima, se acercara a su cama y, poniendo en riesgo su salud, se quitara la mascarilla para poder decirle muy bajito pero muy claro:

-Viva la República, hijo de puta.

Billy, asfixiado por la neumonía, ni siquiera pudo responder, y un minuto más tarde exhalaba un suspiro, un gemido y un lamento final. El último de los lamentos que Billy había provocado en su vida.

Y un aplauso muy fuerte a todos esos sanitarios que fueron a Madrid a partirse la madre contra el virus (algunos de ellos renunciando a sus ERTES) y que a partir de hoy se encuentran en el paro gracias a la hiena infecta de Isabel Díaz Ayuso.

-¿A que no eres capaz de cachondearte de Casado?
-¿Que no? ¡Sujétame el cubata!

Te advertí de que se iban a reír de ti, Pablete, pero nunca me haces caso.

El último Pantomima Full lo ha petado. Se ha pasado de un tirón Twitter, Facebook, Instagram y Grinder.
youtube.com/watch?v=jOqhXLrA6f

Por fin estoy pudiendo usar los 65535 caracteres de qoto para soltar chapas interminables.

PARA ESTO ABRÍ LA CUENTA.

@hispa Es muy desalentador ver cómo a derechos ganados con sangre y con luchas de decenas de años, les suceden los constantes y rápidos ataques para revertir la situación de trabajadores. Estamos en una época en la que estos derechos, "por el bien del país", van a ser pisoteados más de lo que ya se intenta de normal. Y esta vez, me temo que con el visto bueno del empleado, que no trabajador. Para que eso no suceda, es necesaria la memoria y reivindicar figuras como los 8 de Haymarket.

Martian Communism 

@Thelettersofwandatinasky Y sobre todo hay que tener presente que el enemigo todavía sigue ahí, queriendo quitarnos lo que es nuestro.

Hoy, 1 de mayo de 1886, comienzan unas protestas en apoyo a una huelga de trabajadores que reivindicaba, entre otras locuras, una jornada laboral de 8 horas. En una manifestación del 4 de mayo, La cosa se desmadró y hubo bomba de por medio. Y, oh sorpresa, detuvieron a ocho anarquistas. Cinco de ellos, condenados a muerte, tres a prisión.
EEUU y Canadá, celebran el día del trabajador el primer lunes de septiembre, no vaya a ser que parezca que son pro- letarios.

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