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El joven, naturalmente,
la guiñó como un conejo,
ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco,
de resultas del espanto,
y el can no llegó a tanto,
pero le faltó bien poco.

Y aquí acaba la historia
verídica, interesante,
romántica y apasionante,
estremecedora y horrenda,
que de aquel Castillo viejo
que edificó Chindasvinto,
a veinte leguas de Pinto
y treinta de Marmolejo

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