NO LOGRO RECORDAR
qué nos dijimos.
Ni aquella untuosidad con que la arcilla
torneaba el tazón de mi deseo.
Subido al escenario
tu voz titubeante,
con la misma impaciencia
de quien se cree impostor
–tramoyista de sombras–.
Terminó la lectura
y apenas conversamos (abducidos
por ese metaverso especular
de los poetas).
No puedo precisar en qué momento
sentí que se aflojaba el nudo corredizo
en la oquedad del pecho.
—Será, precisamente, lo que ignoras
aquello que te salve—.