CÓMO LA DESHIDRATACIÓN AFECTA LA FUNCIÓN CEREBRAL
La deshidratación, incluso en niveles leves, tiene un impacto directo sobre la función cerebral. El cerebro está compuesto en gran parte por agua y depende de un equilibrio hídrico preciso para mantener la transmisión neuronal, el flujo sanguíneo y la estabilidad química interna. Cuando el cuerpo pierde agua y no la repone adecuadamente, el cerebro es uno de los primeros órganos en resentirlo, alterando la concentración, la memoria y el estado de ánimo antes de que aparezcan otros síntomas físicos evidentes.
Una reducción mínima del 1–2 % del agua corporal es suficiente para afectar la actividad cerebral. La deshidratación disminuye el volumen plasmático y vuelve la sangre más viscosa, lo que reduce el flujo sanguíneo cerebral. Menos sangre significa menos oxígeno y nutrientes llegando a las neuronas, lo que se traduce en fatiga mental, dificultad para pensar con claridad y lentitud cognitiva. Además, la regulación de la temperatura cerebral se vuelve menos eficiente, aumentando la sensación de agotamiento.
A nivel neuronal, la falta de agua altera el equilibrio de electrolitos como sodio y potasio, esenciales para la generación de impulsos eléctricos. Este desequilibrio interfiere con la comunicación entre neuronas, afectando la atención, la memoria a corto plazo y la capacidad de procesamiento. Por eso, la deshidratación se asocia a niebla mental, errores frecuentes, dificultad para tomar decisiones y menor rendimiento intelectual.
La deshidratación también activa el sistema de estrés. Al detectar la pérdida de líquidos, el cuerpo libera vasopresina y cortisol para conservar agua, lo que puede aumentar la irritabilidad, la ansiedad y la sensación de tensión mental. Este estado de alerta reduce la eficiencia de la corteza prefrontal, afectando el autocontrol y la regulación emocional. Además, la falta de agua disminuye la eliminación de toxinas a través del sistema glinfático durante el descanso, dificultando la recuperación cerebral.
Incluso el estado de ánimo se ve afectado. Estudios han demostrado que la deshidratación leve aumenta la percepción de esfuerzo, el cansancio mental y los síntomas depresivos leves. El cerebro funciona mejor cuando su entorno interno es estable; la falta de agua rompe ese equilibrio y obliga a las neuronas a trabajar en condiciones subóptimas.
Mantener una hidratación adecuada es una de las formas más simples y efectivas de proteger la función cerebral. Beber agua de manera regular, especialmente durante actividad física, calor o jornadas prolongadas de concentración, mejora la atención, la memoria y la claridad mental. El cerebro no pide agua con sed intensa: primero la pide con dificultad para pensar.
Fuente: Journal of Nutrition; Neuroscience & Biobehavioral Reviews; European Journal of Clinical Nutrition.