Esto explica la "guerra" del aire acondicionado que tenía con mis compañeras treintañeras en la oficina hace unos años. Ellas siempre querían poner el aire a unos cuantos grados más del punto a partir del cual yo me asaba como un cerdo.
Evidentemente, no me quedaba otra que aceptar barco y estar sudando día sí, dia no.
Ahora son cuarentonas; problema resuelto.